El último beso

¡¡Hola, hola!! Esta entrada va dirigida en especial a aquellos que siempre me decís: "Joder, otra vez igual, fantasía, espadas, seres sobrenaturales..."

Os presento mi primer texto romántico, pero con mi toque personal, de modo que lo siento chicos, no puedo dejar de pensar en mundos imaginarios. Soy una de las personas que piensan que para escribir algo que se ajuste a la realidad, prefiero vivir la experiencia.

EL ÚLTIMO BESO

La historia que os voy a relatar es digna de ser contada. Por ello he despertado de mi profundo sueño. Mis hermanos y yo fuimos testigos de lo sucedido en este bosque, junto al valle, cerca de los reinos Este y Oeste. Prestad atención, porque la contaré una sola vez.
La princesa del Reino Oeste venía a visitarme a menudo, apoyaba su espalda contra mi tronco mientras leía, o dibujaba, o escribía… Era muy educada, pues aunque sabía que nunca me arrancaría un solo vocablo, siempre tenía dulces palabras para mí. Un día, cuando ya era una jovencita, la vi correr atravesando el valle y se escondió detrás de mí. Lloraba desconsoladamente y decía:
—No le amo, ¿por qué he de aceptarle?
Miró el cielo a través de mis hojas y ramas caídas y me habló:
—Bello sauce, he de reinar junto al príncipe del Este, me obligan a casarme por mi condición de princesa, pero no estoy enamorada de él. Leo, amado mío, ¿qué haremos?

Me sentía triste por ella, pero no podía ayudarla, sólo soy un árbol, un sauce llorón. Hablé con mis hermanos y me dijeron que era un sentimental, que por eso cuando crecí lo hice bajo esta forma, mientras que ellos crecieron altos y con sus hojas y ramas pegadas al cuerpo. Me dijeron que dejara en paz a los humanos.
Tras dos atardeceres, volví a ver a la princesa andando por el valle, pero había cambiado las lágrimas por una sonrisa. Un joven se acercó a ella, intentó besarla, pero ella no quiso, se apartó y echó a correr. Se apoyó contra mí, como tantas otras veces había hecho, y le tendió las manos al muchacho. Se abrazaron bajo mis ramas, se besaron y se prometieron amor eterno. El joven le susurraba tiernas palabras de amor al oído y ella se sonrojaba, reía tímidamente. Era muy hermoso contemplar cómo se amaban en silencio, pero también era doloroso cuando se separaban, sus últimas miradas, sus últimos besos.
Los dos jóvenes se veían siempre así, a escondidas supuse, debido a lo que se contaban: Leo le aseguraba que nadie lo había visto, que el príncipe del Este había salido a navegar, incluso una vez le dijo que estaba enfermo. La princesa también le aseguraba que estaba sola, que ni siquiera su dama de compañía sabía dónde se encontraba. Ambos estaban seguros y podían disfrutar de ese rato juntos sin temor alguno. Esa misma tarde, cuando se marcharon, se despidieron con un beso muy apasionado, intenso, llegué a creer que iban a formar un único ser debido a lo unidos que deseaban estar; ambos se abrazaban con fuerza. Mientras los veía alejarse, una oscura voz dijo a mis espaldas:
—Juro por Dios que ese será el último beso que le das a la princesa Syra, pagarás cara tu osadía, con el príncipe del Este no se juega.
Un escalofrío me recorrió desde las raíces hasta las hojas y sentí miedo.

Al día siguiente, el joven llamado Leo vino solo y se sentó a mi lado, por lo que imaginé que la princesa no tardaría en llegar. Oí unas pisadas y, al parecer, Leo también las oyó, pues se levantó y miró alrededor. Antes de que Leo se diese cuenta, vi a otro joven muy engalanado que se acercaba por el lado izquierdo, mirando con odio al muchacho.
—Leo, ¿qué haces aquí? —preguntó con su oscura y grave voz.
—Majestad —dijo Leo sobresaltado —No sé qué decir.
—Sólo contesta a mi pregunta, ¿te estás viendo con la princesa Syra?
Leo quedó asombrado y aprecié que miraba de un lado a otro, sin saber reaccionar ante su señor.
—Sé sincero, responde —el príncipe parecía impaciente por su tono imperioso.
—Sí, Majestad.
En ese momento, vi al príncipe desenvainar su espada y, sin pensárselo dos veces, la hundió en el pecho de Leo. Sacó la espada y la limpió con un pañuelo que sacó del bolsillo; luego se internó en el bosque. Unas horas más tarde, Syra vio a su amado tendido en el suelo, sobre un charco de sangre. La oí gritar al cielo, lanzando maldiciones mientras abrazaba el cuerpo del joven.


La princesa ordenó que enterraran al muchacho asesinado aquí, junto a mis raíces, y ella nunca se marchó, se quedó llorando frente a la tumba de Leo hasta que su corazón, henchido de sufrimiento, dejó de latir.  



Espero que os haya gustado. Ya sabéis que quiero vuestros comentarios, o bien aquí, o al mail que tenéis disponible en la pestaña "contacto".

¡¡Saludos!!